La innovación en salud no puede permitirse el lujo de ir despacio.
Después de escuchar a los diferentes actores, hay una conclusión que emerge con claridad: El reto está en la velocidad de adopción de los procesos de innovación y la tecnología.

Asistir al Tech Spirit Barcelona Health 2026 es casi una obligación. Y también un privilegio.
No solo por el nivel de los ponentes o por la calidad de los proyectos que se presentan. Sino porque permite observar, en tiempo real, cómo el sector salud está siendo reconfigurado por la tecnología.
La tecnología ya no está entrando en la salud. Está redefiniendo sus reglas.
Inteligencia artificial en diagnóstico y triaje.
Nuevos modelos de datos clínicos interoperables.
Terapias avanzadas que combinan biotecnología y computación.
Startups que nacen globales desde el primer día.
Grandes tecnológicas que aportan infraestructura, escalabilidad y capacidad de inversión.
Pero también profesionales sanitarios que cada día intentan integrar estas herramientas en entornos complejos, regulados y sometidos a presión asistencial.
La mezcla es potente. Y necesaria.
Porque la innovación en salud no es solo una cuestión tecnológica. Es una cuestión sistémica.

La brecha no es de talento. Es de velocidad.
Después de escuchar a los diferentes actores, hay una conclusión que emerge con claridad: Europa no tiene un problema de talento científico. Tampoco de capacidad tecnológica. Ni siquiera de generación de startups.
El reto está en la velocidad de adopción.
La ciencia avanza.
La tecnología madura.
El capital fluye.
Pero la implementación real en hospitales, sistemas públicos y procesos clínicos avanza con mayor fricción.
Y en salud, la fricción tiene consecuencias.
Cada mes de retraso en la adopción de una solución validada puede significar diagnósticos tardíos, procesos ineficientes o menor calidad de vida para miles de personas.
No se trata de innovar más.
Se trata de innovar mejor… y adoptar antes.
¿Qué nos está frenando?
Las causas son múltiples y conocidas:
- Procesos regulatorios complejos (necesarios, pero a veces poco adaptados al ritmo tecnológico).
- Fragmentación de sistemas sanitarios en Europa.
- Dificultades de interoperabilidad de datos.
- Incentivos que no siempre premian la experimentación.
- Cultura organizativa con baja tolerancia al riesgo.
Nada de esto es trivial. Y nada debería resolverse sacrificando seguridad o rigor.
Pero tampoco podemos normalizar la lentitud como garantía de calidad.
La excelencia clínica y la agilidad no son incompatibles.
Lo que falta, muchas veces, es alineación sistémica.
Acelerar sin romper
La pregunta no es si debemos acelerar.
La pregunta es cómo.
¿Cómo diseñamos marcos regulatorios más dinámicos sin comprometer la seguridad del paciente?
¿Cómo facilitamos pilotos que escalen más rápido cuando funcionan?
¿Cómo generamos incentivos para que hospitales, startups, farmacéuticas y tecnológicas colaboren desde el diseño, y no solo en la fase final?
¿Cómo reducimos el “valle de la muerte” entre validación y adopción?
Acelerar no significa correr sin dirección.
Significa eliminar fricciones innecesarias.
Significa crear entornos de prueba controlados pero ambiciosos.
Significa compartir datos de manera segura pero efectiva.
Significa asumir que el coste de no adoptar también es un riesgo.
Innovación como responsabilidad colectiva
Uno de los aprendizajes más claros del encuentro es que ningún actor puede hacerlo solo.
Las startups aportan agilidad y foco.
Las grandes corporaciones, capacidad de escala.
La industria farmacéutica, conocimiento profundo y experiencia regulatoria.
Los hospitales, el contacto directo con la realidad clínica.
La administración pública, el marco que puede acelerar… o bloquear.
La cuestión es cómo orquestamos ese ecosistema.
Porque la innovación en salud no es un ejercicio de laboratorio. Es una responsabilidad social.
Nos afecta como profesionales del sistema.
Pero también como ciudadanos, pacientes y familias.
Y en ese contexto, la lentitud deja de ser prudencia y empieza a convertirse en oportunidad perdida.
La decisión es estratégica
Europa se enfrenta a una decisión estratégica: liderar la transformación del sistema de salud o convertirse en adoptador tardío de soluciones desarrolladas en otros contextos.
Tenemos talento.
Tenemos universidades y centros de investigación de primer nivel.
Tenemos capacidad clínica.
Lo que necesitamos es velocidad inteligente.
Velocidad con criterio.
Velocidad con ética.
Velocidad con gobernanza.
Pero velocidad.
Porque la innovación en salud no puede permitirse el lujo de ir despacio.

